Carlos Givaja nace en Segovia en 1979. Pasados 16 años coge una cámara y comienza a retratar su entorno. Especialmente todos aquellos momentos que tienen a sus amigos como protagonistas.


Años mas tarde y habiendo paseado las calles de medio mundo, este interés por lo humano y lo autobiográfico empieza a diluirse centrándose más en los escenarios y menos en sus actores. Así, la ausencia de la figura humana deja progresivamente un hueco más amplio a su imaginación donde solo ve localizaciones en las que podrían desarrollarse las experiencias que va viviendo.


Hoy presenta “Australian Dream”, una serie de fotografías tomadas en los vecindarios de la costa este del país: De Cairns a Melbourne. Imágenes que narran el modo de vida de estas comunidades y nos traen recuerdos del “Sueño Americano”.
Tomadas de noche y sin más ayuda que la de un trípode, estos hogares unifamiliares dejan una vez más que sean los escenarios los que nos hablen de sus protagonistas.


A través de la “objetualización” de las personas que habitan estas casas, las fotografías nos dejan intuir sus vidas a través de sus calles, sus coches, sus barcos y esos semiocultos interiores tan íntimamente expuestos.


Mar Cuervo


































Cuando recorres la costa australiana sorprende descubrir que en los rasgos físicos, entendidos como el aspecto arquitectónico y urbanístico, Australia no se parece mucho a su madre europea, esa rigurosa institutriz inglesa, sino a su moderna prima americana.

Tanto Australia como EE.UU. son países jóvenes cuyos habitantes se acogen rápidamente al patriotismo como si inconscientemente de ese modo hiciesen más sólidos los andamios aún visibles y raquíticos de su nación. También sus inmensas superficies, que llevan pareja una cierta despoblación, condicionan la forma de vida en ambas naciones: casas grandes con parcela, una vida que arranca con el salto de la casa al coche… A pesar de que en las grandes ciudades australianas (y americanas) abundan los rascacielos estos casi exclusivamente se nutren de oficinas, y tanto en las grandes como en las pequeñas urbes los habitantes prefieren vivir en propiedades privadas individuales alejadas de los centros urbanos. Ambos países se poblaron de colonos que se posaban sobre un terreno de tierra salvaje haciéndolo suyo, defendiéndolo en muchos casos incluso con el uso de la fuerza, como los libros y el cine han insistido en contar. La casa particular con un terreno alrededor es la herencia de esas pequeñas conquistas personales, quizá por eso la satisfacción que un australiano o un americano encuentra en limpiar la piscina, o arreglar las ventanas de su casa o el cobertizo, resulta difícilmente comprensible desde el punto de vista europeo. Probablemente la vivienda unifamiliar aislada sea la solución a la que han llegado independiente ambas sociedades, y en menor grado sea también fruto de una imitación mutua, o de una herencia que comparten de su ancestro común.

Pero si se matiza empiezan a aparecer diferencias entre los dos países. La sociedad americana es sin duda mucho más ambiciosa y la australiana más ociosa, a pesar de tratarse también de una economía estable y próspera, como demuestra su resistencia a todos los envites de los mercados.
Frente al temor y la desconfianza que muestra el ciudadano medio estadounidense, que prefiere fiarse del dictado de su televisor que de su prójimo, los australianos se muestran en todos sus aspectos como una sociedad relajada, de puertas abiertas y de vida cara al exterior.
En Australia la relajación en una seña de identidad y el ocio uno de sus mayores intereses, como prueba la pasión de los australianos por el deporte al aire libre, mostrando devoción tanto por las originales disciplinas heredadas de Inglaterra (como el cricket), como muy particularmente por los deportes acuáticos. Hay que remarcar la palabra pasión porque su afición tiene un extra de osadía si se tiene en cuenta los peligros que habitan en sus aguas…

Procediendo de países donde la mano del hombre ha domesticado el campo haciéndolo cultivable y habitable casi en su totalidad, impresiona Australia por su exuberancia, ya que se trata del país desarrollado con la naturaleza más salvaje del mundo. Por eso frente al fuerte americano, el hogar australiano es un refugio, y también la pequeña plaza conquistada a la naturaleza en una batalla que aún no se ha ganado, como muestran los cielos victoriosos poblados de estrellas, que aún no conocen el apagón nocturno de la contaminación lumínica.

Miguel Pita